Duelo

Primero vinieron las lágrimas de la negación.
Luego el dolor de la ira.
Y ya más adelante llegó la inconsciente e inconsistente negociación.
Y la furia por el no consentimiento regresó enaltecida.
El instante de sangre hirviendo se extinguió,
y lo salado volvió a cubrirla;
le estalló sobre su pétreo rostro el vacío de la depresión.
Y así continuó el proceso.
Aquella alma, que no entendía lo que le sucedía,
yerma de sueños y de vida,
finalmente tuvo que deponer las armas
que se aferraban a la cálida herida;
que le prohibían concebir la muerte,
y decir el último adiós.
Y dio el sí a la aceptación.
Y luego, simplemente (y también sin proponérselo) olvidó.

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