¿Quién vive en el librero?

<<¿Quién vive en el librero?>>. Aún con treinta y seis años no he podido responder esa pregunta que me hizo aquella voz. Y tal vez ni siquiera el librero lo sepa; ha estado ahí tanto tiempo que seguramente el polvo de los años le ha borrado algunas trazas de memoria. ¿Cómo prestarle atención a lo que vive en su interior? Ya bastante tiene con haber pasado la vida entera engavetando recuerdos ajenos. Folios de todo tipo: desde obras inconclusas de grandes escritores que dejaron el último aliento de su locura en hojas garabateadas, hasta Best Sellers de autores mediocres cuyas cuentas bancarias los han hecho olvidar los nombres de esos autores célebres (que quizá se aprendieron una vez para alguna entrevista). Posiblemente lo único que recuerde el viejo librero sean los detalles de la sección Onlyfans, y no estoy segura de que guarde espacio en su memoria para más que pedazos muy específicos de los cuerpos que más llamaron la atención de los ojos lectores.

Y entre folio y folio de sus anaqueles, papeles trastocados que corresponden a una que otra carta de amor que nunca llegó a su destino; y despedidas, prólogos de intentos suicidas que por suerte o por desgracia jamás fueron más que intentos. Y todas esas cartas son mías; cartas de amor a la nada, por sentirme muy poca cosa como para ser amada; notas suicidas que quedaron en nada, por ser tan cobarde como para decir el definitivo adiós (o al menos eso creí). Y todos esos folios que jamás he leído porque “no estaba para perder el tiempo en fantasías”, mirándome a los ojos, con lágrimas hechas de telarañas, y un pasado que, de haberlo conocido, tal vez me hubiese salvado a tiempo de esta agonía que ahora vivo.

Al final aquí estoy, con reflujo gástrico, algunas cicatrices en las muñecas, dos verdugones más gruesos que un collar de un Rottweiler en el cuello (mis glamurosos tatuajes por los intentos de cruzar al Más Allá), andando por ahí, como un zombie castigado a levitar eternamente sobre la carne humana que no puede saborear, con otra persona dentro de mí que me grita la misma maldita pregunta que en aquel entonces, cuando mi alma era aún impoluta del mayor de los pecados (según los que creen en esas cosas).

Aquel día la bruma que desprendió de su interior el ruido sordo y estridente, me hizo estremecer. Era más bien un polvillo rojo mezclado con otra sustancia brillosa y lumínica que jamás había visto. Juro que semejó al sonido de una tos vieja y carrasposa. El polvillo se quedó suspendido en el aire unos segundos y luego, a una velocidad increíble que no me dio tiempo ni a tomar un sorbo de oxígeno, viajó hacia mí y a medio palmo de mis ojos se detuvo. Y ahí ya no era un polvillo amorfo lo que había, sino unos ojos rojos, felinos, magnéticos, que me halaban a su interior vacío e infinito. La magia irresistible de aquella pupila esotérica me llevó a un plano donde la palabra <<imposible>> quedaba pequeña. Era la antítesis de la vigilia, de eso estaba segura, pero a un nivel inimaginado.

No sé cuánto tiempo aduve viajando de sueño en sueño, de irrealidad en irrealidad, pero cuando regresé, jamás volví a ser la misma.

Y no obstante, todo a mi alrededor seguía inalterable. En mis manos estaba el bolígrafo negro marcando el lugar de la carta de amor que estaba escribiendo. “Eres mi constante en un mundo de variables” había puesto en letra de molde (la letra cursiva nunca se me dio bien), con los dedos palpitantes en cada trazo, henchidos de pasión y desespero por terminar una más de tantas declaraciones de cariño incondicional a un ser que nunca sabría de mi existencia. Nunca me cansaba de reescribir al amor; ese que nunca tendría, porque así lo había decidido mi superyó mucho más sádico e infrahumano que aquel descrito por Freud.

Entonces la punta del bolígrafo traspasó la hoja hasta mi piel, y de ahí a los tejidos más profundos. Ese día entendí que la muerte no es un paréntesis; no es algo para mencionar en algunas simples ocasiones; no es algo que se deje minimizar; está más viva que la misma vida, y tiene conciencia y decisión propias (bien lo saben los ancianos cuando dicen que <<nadie muere antes de que le llegue su hora>>). Reaccioné cuando la mitad del tubo de plástico ya había desencadenado un cataclismo en el músculo de mi muslo, haciendo brotar una fuente de tinta y sangre digna de la colección del Belaggio; la pérdida de sangre fue enorme (eso me dijeron los médicos, y lo pude constatar al ver el inmenso charco rojo del suelo mientras me daban los primeros auxilios antes de llevarme al hospital), pero no morí.

Tampoco morí las demás veces, en todos los demás intentos suicidas que tuve. Sí, ese fue mi primer intento. No sé explicar cómo, ni porqué, pero a partir de ese día, cada vez que sentía aquella voz, aquella pregunta sin respuesta, simplemente sentía ganas de morir.

Fui a muchos Psiquiatras, Psicólogos, Psicoanalistas, Trabajadores Sociales; es increíble que haya tantos especialistas para tratar las mismas cosas; loqueros que al final están más locos que uno mismo, y no son capaces de resolver nada. Todos decían lo mismo (con diferentes palabras, y de diferente manera): <<La vida no es un párrafo. Nada está escrito. Puedes salir adelante si te lo propones. Esto solo es un bache. Estoy aquí para ayudarte>>. Y sí, en el fondo tenían razón, siempre salía adelante, pero adelante de la muerte. Siempre había otro intento suicida, otra recuperación de las heridas, otro ciclo interminable de terapias; otro plan maquiavélico de estos humanos por mantenerme en este más acá.

Y luego de cada despropósito de ellos, la perseverancia de aquella voz, con su aliento rojo y caliente, mezcla de lava y carne podrida, emergiendo como un eco reminiscente de lo más profundo de mi memoria, haciéndose más clara mientras más me llevaba hacia el otro lado, cada una de las veces en que me llevaba hacia el otro lado.

Y yo siempre volvía. ¿Por qué siempre volvía?

Hasta que un día la voz se hizo flemosa; parecía más anciana, aunque apenas habían pasado poco más de quince años. Estaba terminando una de mis tantas despedidas, sentada en el parque camino a mi casa. El olor del polvo de ángel que llevaba en la cartera, crispaba cada uno de mis receptores olfativos, no de dolor, sino de deseo. Nada más excitante para el fervor demoníaco de mi cíclico memento mori que la paz psicotrópica de aquel nevado polvillo mágico. <<Consigue lo que requieres, y luego quiere lo que consigues >> me dijo la voz en aquella ocasión.

Fue la primera vez que tuvo sentido la voz, la primera vez en que la pregunta fue otra, y la primera vez en que sentí desde mi conciencia adormecida que obtendría la respuesta a aquella otra que durante casi dos décadas me había causado un desasosiego perenne. Mi otra parte, que dirigía paso por paso las acciones, camino a la casa ya iba planeando la escena, la última y definitiva escena de mi vida, que sería un poco corta, pero no más que la de otros. No era nada que no hubiese hecho antes, solo tenía que darle el beso a la muerte, nuevamente, pero de manera definitiva; sin intentos, sin regresos.

Al llegar preparé la bañera. Las cuchillas relucientes a mi lado reflejaban el destello de alegría de mis ojos de autómata ensimismados en aquellos iris de fuego virgen que parecían ajenos a mi cuerpo. Coloqué el polvo sobre la tarjeta de plástico y aspiré más de lo habitual. Mi nariz sin alma se hizo permeable a una dosis mayor de lo requerido para un “viaje” normal; ese era el objetivo, y la voz siempre me preparaba para ello, aunque luego me salvara de las drásticas consecuencias.


Acabo de despertar en esta habitación blanca. No sé si han pasado horas, días, o meses; el tiempo se congela por momentos entre estas cuatro paredes. Apenas soy consciente de que estoy viva, por la cantidad de tubos entrando y saliendo por todas partes de mi cuerpo. Tengo orificios en lugares que ni siquiera sabía que podían ser perforados. Quizá sea justo luego de tanta automutilación, que alguien ajeno me haga algo de daño. Sé que creen que me han salvado la vida, pero no es así; una vez más me han dejado permanecer en una realidad que no sacia mi hambre de muerte. Hay cosas que aunque sean de este mundo, no pertenecen a él; al final he entendido que aquella voz me estaba llevando a mi lugar de origen.

Los de bata blanca (y espíritu ciego a lo subjetivo), caminan de un lado a otro emitiendo informes positivos sobre mi pronóstico. Los oigo hablar, pero no puedo pronunciar palabra alguna. Creo que mi conciencia no está del todo activa, porque mi visión no es muy clara. Tengo la sensación de estar en el mundo de los sueños oscuros de mis muertes inconclusas; pero se siente diferente, no oigo a la voz. Me siento tan perdida, con prácticamente cuarenta años en las costillas, sin poder responder a una simple pregunta; sin la voz que ya se hizo mi compañera; sin propósito; sin muerte, ni vida.

Después de rememorar mi tránsito hasta este témpano de hielo que alguien llamó <<hospital>>, recorro mis heridas externas e internas una y otra vez, tratando de hallar porqués a todo lo que me ha pasado; y solo logro sentirme más herida, frustrada e iracunda. Y los médicos siguen repitiendo como una letanía: “De esta se salva. Vivirá”.

¡Eso es! Ya sé la respuesta; y luego de tantas vidas negras que tuve, no podía ser otra: en el librero vive el gato negro; y el gato negro soy yo.

Texto inspirado en los retos de escritura lanzados por los integrantes de la Revista Submarino de hojalata en la plataforma de Twitter.

A continuación los nombres de los perfiles de Twitter, de los retos, y las frases (marcadas en negrita en el texto):

“Engavetando recuerdos”/”Reescribir al amor”-#RetoDraJ: @SubHojDraJ/@JudithAA2003

“Onlyfans”/”Gato negro”-#NecroRetazos: @danielcollazosb

“La vida no es un párrafo, y la muerte no es un paréntesis”/”Aquí estoy, andando por ahí, con otra persona dentro de mí”-#RetoAdagio: @RetoAdagio/@MaruBV13

“Bruma” “De sueño en sueño”-#RetoJazzz: @SubHojJazzz/@inesperado07

“Consigue lo que requieres y luego quiere lo que consigues”/”Eres mi constante en un mundo de variables” -#TÚmiPOEMA: @tumipoema

📷Pinterest

2 comentarios sobre “¿Quién vive en el librero?

  1. Maravilloso relato gótico que nos adentra en un oscuro mundo y que nos guía por él.
    Magnífica forma de narrar para un hermoso homenaje a todas y todos generadores de retos (maravillosos que a muchos nos impulsan a mal escribir y soñar) de los mejores que encuentras en la red, por el trato, atención y calidad de cada uno de los participantes.
    Enhorabuena 👏🏻👏🏻👏🏻👏🏻

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    1. Millones de gracias por comentar. Me alegro mucho de que lo hayas disfrutado, y de que seas uno de los submarineros de lujo que participa fielmente en todos estos increíbles retos💕💕💕

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