El verdadero mal

En aquel prado habita el mal. A veces tiene forma de casa de campo, otras, forma de arbusto otoñal. Pero la mayoría del tiempo tiene forma de niña que aparece en la mañana, a lo lejos, caminando entre la niebla neonata de las primeras horas del día, en busca de primeras muertes. El valle necesita ser alimentado con sangre, y la niña lo sabe. Por eso sale temprano, cuando nadie la ve, cuando nadie lo nota, cuando ni siquiera el bello valle sabe que algo ha salido de su vasto ser. Es que el valle es muy anciano, y solo nota la necesidad primaria del hambre desde su postrado habitáculo de tierra infernal templada. Por eso, a ratos (la mayoría del tiempo) se le escapa la niña de su interior, y se deja ver por algunos vecinos que sufren la suerte de ser el plato fuerte. El desayuno es la comida más importante del día, y esa ha sido una lección que el prado ha tatuado en las enseñanzas de la niña. Pero no le ha enseñado que la gente es más mala que el mal en sí, porque fueron los creadores del mal; y que cuando mucha gente la ve con sangre en las manos, empiezan a temer, y luego del temor viene la sed de sangre real, que es la que no tiene sentido alguno, la de “mato porque sí”. Y eso que la niña solo mata a gente mala; pero al final la gente busca la manera de defender lo indefendible (siempre y cuando sea a sus “iguales”, y por razones de conciencia disfrazada), y perdonar pecados que el mal que ellos inventaron ni siquiera ha logrado recrear.

Texto para el reto de escritura lanzado por @EsterMadRip (Twitter)

📸Cortesía @EsterMadRip

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