El juego

Jean caminaba a paso rápido sin destino. Las nuevas cerraduras le hacían casi imposible su trabajo. Y es que Jean era un ladrón de casas. Pensaba en sus opciones cuando de pronto la vio…Una puerta con las llaves puestas. Se detuvo y se giró buscando al dueño, pero no había ningún alma en la calle. Giró la llave y entró a una vivienda que parecía vacía.

Inmediatamente le llegó un recuerdo que creyó que estaba bien engavetado en la mente. Se develaba tan antiguo como su profesión y se relacionaba directamente con ella. Pero no lo había olvidado por los años pasados, sino porque era una huella del porqué de la dinámica de su vida. Es que no siempre fue ladrón. Nadie pensaría que aquel enjuto vagabundo que vigilaba cada momento de desolación de la calle para irrumpir en las viviendas como una bestia hambrienta desaforada, había sido alguna vez algo más que eso. Pero “las apariencias engañan” y su caso era el ejemplo fiel de la veracidad de este dicho, porque Jean no solo era un hombre honrado (como le llamaban a aquellos que trabajaban por un salario fijo, aunque muchos de ellos solo fueran otra clase de ladrón), sino que había sido actor fundamental en un evento sin precedentes.

Aquel día en que se dio la alarma mundial él fungía como un simple cadete de una de las compañías militares de menos renombre. Los altavoces se encendieron provocándole casi una implosión en el tímpano y comenzaron a dar aviso sobre el inminente enfrentamiento con fuerzas alienígenas. Ya habían pasado siete años desde la llegada de los humanos a Notul-P (el equivalente a Plutón en la Primera Dimensión Paralela) y todo parecía estar bien entre ambas partes. La civilización extraterrestre le había abierto las puertas a los terrícolas y el primer grupo de humanos había echado raíces en el nuevo territorio. Sí, se había descubierto vida en aquel pequeño planeta que una vez fue expulsado de la lista del Sistema Solar y no fue ni siquiera en el mismo universo. El año 2020 fue desastrozo, doloroso, pero el 2069 trajo uno de los descubrimiento más deseados desde que la ciencia se llamó así (los viajes al espacio) y la libertad interdimensional que dio vida a tantas películas de ciencia y ficción. Luego de la gran pandemia 20\20, se activó la reminiscencia de las ganas de siglos pasados en las mentes humanas y se logró el avance científico que jamás se hubiera imaginado.

La llamada fue de “a las armas” y él, como fiel soldado, no pudo rehusarse. Estaba muerto de miedo, pero no podía hacer otra cosa. No había participado en ninguna guerra ni nada parecido, y se vio implicado en la batalla más extraordinaria de todos los tiempos. Todo fue tan rápido como un parpadeo, literalmente. Aterrizaron las naves (que hasta el momento solo había visto en videos) y se formaron en fila inmediatamente para abordarlas. Eran naves tan impresionantes que describirlas sería el pie perfecto de una novela. Pero él ni siquiera pudo detallarlas; tenía que sumergirse inmediatamente en las cámaras de protección interdimensional. Cerró los ojos por la angustia ante lo desconocido y cuando los abrió se vio en el mismo lugar. Pensó que quizá la partida se había visto imposibilitada por un fallo en la nave, pero el instinto de salir a la calle le hizo cerciorarse de que esa no era su ciudad, sino una réplica exacta de aquella. Aquel cielo no era como el de su ciudad, porque no era cielo, sino una capa inmensa de luz. Definitivamente estaba en otro sitio.

Jean recordó esto con la impresión de que el tiempo no había pasado, como si la llegada a ese lugar hubiese acabado de suceder. Y de cierta forma era así, porque cada día Jean tenía que lanzarse a una búsqueda que parecía no tener fin. Desde aquel momento en que se vio completamente solo en ese universo–luego de ver a cada uno de sus compañeros de viaje y batalla desaparecer ante sus ojos–había vivido cada día de manera idéntica. Cada día abría los ojos a la misma hora y cuando una luz roja cubría la bóveda celeste lumínica, un estremecedor ruido le indicaba que debía empezar la jornada. Entonces salía del mismo punto de partida, donde estaban marcados sus primeros pasos fuera de la nave (que también había desaparecido instantáneamente), con su atuendo militar deshilachado empapado en barro y toda la parafernalia que combinaba con el camuflaje militar del disfraz andrajoso, y comenzaba a caminar en línea recta siguiendo pasos que no controlaba, abriendo puertas que no llevaban a ningún sitio, aparentando ser un ladrón de casas, mientras pensaba en cosas superfluas que no terminaban jamás.

Jean entró y la puerta se cerró automáticamente detrás de él. El corazón le dio un vuelco en el estómago y sintió que se asfixiaba. Miró hacia la puerta y notó que no tenía pomo, solo una cerradura que no podía volver a abrir (había dejado las llaves afuera). El desespero se apoderó de cada célula de su cuerpo. Vio un número siete gigante, de luz, en el medio de la sala de la casa; parecía estar desintegrándose poco a poco, provocando escapes descontrolados de haces luminosos en todas direcciones. Se oyó un pitido electrónico que le provocó un dolor insoportable en los oídos, como el que sintió aquel día que acababa de recordar. Eso debía significar algo.

Quizá esa puerta fuera diferente y lo llevara de regreso a casa, al Más Allá, a algún sitio fuera de esa ciudad. Quizá esa puerta lo llevara al último nivel del juego que aquella criatura con siete ojos y lengua reptiliana jugaba cada día desde hacía más tiempo del que recordaban sus arrugadas manos.

Relato para el reto #MismoInicioDiferenteFinal de Maru BV13 (https://conjurandoletras.com/tejiendo-historias/)

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