Veinte años

Abrí los ojos en el momento en que la alarma sonó; las ocho de la mañana de un viernes 14 de febrero. Quise cerrarlos y volver a dormir, para siempre, pero el timbre de la casa sonaba; de esa casa que me quedaba tan grande desde la muerte de Dany, hacía ya ocho meses. En la puerta me esperaba un repartidor con un gran ramo de mis flores preferidas, con una tarjeta firmada por Dany y que decía: “veinte años no es nada”. Inmediatamente me recordó a esa canción que tantas veces entoné en la ducha. “Veinte años” es uno de mis temas favoritos y lo seguirá siendo a pesar del triste desenlace de nuestra historia. ¿O debo decir “macabro”?

Todo ocurrió la pasada Nochevieja, justo en el momento de comer las doce uvas. Las burbujas de sidra aún estaban en su apogeo en el fondo de la copa, cuando sonó el timbre. Dany y yo estábamos tan absortos en nuestro ritual de fin de año, que el primer toque fue percibido como una molestia lejana. Cada treinta y uno de diciembre, a las doce de la noche, nos colocábamos las uvas en doce lugares estratégicos del cuerpo, con dulce lascivia, presionándolas sutilmente contra la superficie del cuerpo, en cuestión; luego íbamos quitándolas una a una, con un lento masaje de nuestra lengua, acompañado del roce de nuestros labios. No había orden específico, pero sí un final fijo para cada uno; yo siempre acababa sorbiendo la uva de la punta de su dedo pulgar (no sé cómo lograba ponerla ahí) y él, del lugar más húmedo de mi vientre. Ya saben que las mujeres explotamos al sentir el tacto sobre el cuerpo y los hombres con el estímulo visual; sabíamos exactamente como activar el éxtasis que nos iniciaba en una cruzada de más de dos horas de placer. Recibir el año de esa manera nos daba el impulso perfecto para la nueva vida; como dice el dicho: “año nuevo, vida nueva”.

El segundo toque del timbre duró más de diez segundos; ni el mismo Asmodeo hubiese podido hacernos llegar al clímax en aquellas circunstancias.

Dany se levantó molesto, se acomodó la ropa malamente y salió corriendo hacia la puerta. No sé si tenía la cara más roja por la congestión pre orgásmica, o por la ira que le estallaba como un volcán del infierno por todos los orificios de la cabeza.

–¿¡Qué quieres ahora, niño idiota!?–oí desde la habitación.

Estábamos acostumbrados al pesado niño que siempre nos molestaba con la misma broma, una vez a la semana, justo a las doce de la noche. Dany discutía mucho con él, pero nada más podía hacer; tenía solo nueve años. El niño lo sabía; en una ocasión nos había dicho: “váyanse al diablo, no me pueden hacer nada, tengo nueve años” y se fue riendo, escaleras arriba. Dany le tenía mucho rencor, sobre todo porque el pequeño bribón mal hablado tenía razón. Yo le tenía mucha lástima; jamás habíamos podido hablar con la madre o el padre; parecía un niño de la calle, aunque sabíamos que vivía en el piso de arriba. Recuerdo que una vez intentamos hablar con sus padres y solo encontramos una puerta cerrada, de madera desconchada, que jamás se abrió, y un ruido extraño que no logramos identificar. Creo que en el fondo yo también sentía rabia, pero por ver el abandono que este rebelde niño había experimentado, sabría Dios por cuánto tiempo.

En estos pensamientos me perdí aquella noche, por unos momentos, sin notar que no había escuchado nada más después de esa corta frase de Dany. Le grité un par de veces y no respondió. No sentía ni su voz ni la del muchachito. Me puse una camiseta suya y fui a ver qué pasaba. Me sorprendió ver la puerta abierta, sin nadie alrededor. Aceleré mis pasos; comenzaba a preocuparme. Salí al corredor y ahí comenzó el thriller de horror; no solo estaba vacío el pasillo, sino que el piso estaba empapado de sangre. No sabía realmente de quién era, pero la lógica espeluznante que erizaba cada vello de mi cuerpo –contra la que trataba de luchar–me gritaba que era de Dany.

Subí corriendo al apartamento del niño. No sé porqué no sentí miedo; ni siquiera llevé un palo para protegerme de cualquier imprevisto. Me sofocaba la zozobra por pensar en la escena más fatídica (si es que podía haber alguna peor).

A medida que subía mi corazón se aceleraba; las huellas de sangre en los escalones aumentaba mi desespero. La puerta de la vivienda del niño estaba abierta y no dudé en entrar.

Lo que vi fue espantoso. Dany estaba con un hacha en la mano, con el filo totalmente cubierto de sangre, como toda su ropa. En el piso estaban tres cuerpos: una mujer joven, un hombre de mediana edad y aquel niño; muertos, descuartizados. Me horroricé tanto, que a estas alturas no recuerdo con claridad qué pasó después.

Dicen que estuve seis meses en estado de Shock Post-traumático severo. Hace solo dos, me dieron de alta y comencé a rehacer mi vida, aunque me cansa un poco escribir lo mismo cada día en este diario (como me aconsejó el psiquiatra). Pensé que estaba lista para pasar a la etapa de aceptación en mi duelo, pero estas flores me han hecho retroceder; o quizá es esta cabeza salida de la nada, que me ha estado observando todo el día. Tal vez deba desprenderme de ella; ver los ojos deshidratados de Dany perdidos en esa tsantsa, me provoca una gran angustia. Creo que es la causante de que ese auto de policías no se haya ido de la esquina, aunque ni siquiera ellos hayan sido capaces de explicarme el encabezado de las <<Necrológicas>> de aquel día: “mujer joven descuartiza a matrimonio de vecinos cuyo hijo había muerto ahogado en la bañera, y decapita a su esposo, con el que llevaba veinte años casada, cuya cabeza no fue encontrada”.

Relato para el reto de Submarino de hojalata (https://submarinodehojalata.com)

#MismoInicioDiferenteFinal de MaruBV (https://conjurandoletras.com) y Alicia Adam (https://aliciaadam.com)

4 comentarios sobre “Veinte años

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