Un caso poco común

Relato idea original de MaruBV

Felipe siempre había sentido que le faltaba algo y muchas noches se había sentido legítimamente mal. Su vida había sido siempre sencilla. Tenía una familia amorosa, una esposa que lo amaba, una hermosa casa y un buen empleo. Sin embargo, ese hueco que sentía en medio del pecho, cada vez era más frecuente y le producía una inmensa nostalgia por algo que no sabía qué era. Preocupado y en absoluto secreto, acudió a ver a un psiquiatra. Tal vez necesitaba ayuda profesional. El doctor Ramírez era un psiquiatra de renombre, especialista decían, en casos poco comunes. Tuvo suerte en conseguir una cita y al llegar al consultorio, para agregar una pizca de suerte, le tocó el número uno; así que entró inmediatamente.

El doctor parecía bastante joven, pero eso no lo asustó; eso de que la experiencia lo es todo era algo en lo que no había confiado nunca, él era de los que creía en el conocimiento fresco de los recién graduados; y en temas de psicología, la mente joven aportaba un plus a este precepto. Como en una consulta médica típica, el médico estaba detrás del escritorio y delante quedaban dos sillas. En el lado izquierdo de la consulta una camilla y en el derecho una vitrina repleta de medicamentos y otros materiales médicos.

–Pase y siéntese–Felipe se sentó con ligera timidez–acomódese por favor–le dijo el médico–Dígame su apellido y el motivo de consulta.

–Santos, eeee…, pues lo que pasa es que tengo una sensación de vacío en el pecho, como una angustia por falta de algo, que no comprendo. La verdad es que tengo todo y más de lo que pedí en la vida; una esposa excelente, tres hijos, un buen trabajo –sonrió con ligero orgullo–pero esta sensación no se me quita. Ya he ido a todo tipo de médicos y solo me dicen que es ansiedad; que esto que siento es taquicardia o “palpitantes”.

–Palpitaciones –lo interrumpió el médico.

–Sí, eso. En fin, que es estrés y que debo relajarme y pensar lo menos posible en los problemas; pero el caso es que no tengo problemas, solo esta insoportable sensación que me ha acompañado durante toda mi vida y que ya es incompatible con mi existencia. Además de que es un completo disparate lo que me dicen ¿Cómo puede ser estrés? Nadie puede vivir estresado eternamente, ¿o sí? Estoy desesperado; necesito una solución–se llevó las manos a la cabeza.

–Muy bien. Siéntese en la camilla y desabróchese la camisa; empecemos por el examen físico.

–Pensé que los psiquiatras tenían uno de esos butacones raros y te hacían hablar y hablar, no como los demás médicos que van “directo al grano”, a toquetear por aquí y por allá.

–Bueno, los divanes los usan los psicoanalistas; los psiquiatras somos médicos, así que el protocolo médico se debe seguir. Primero vemos el estado físico y luego el mental. Usted no se preocupe, solo siéntese, o acuéstese si le es más cómodo; esta parte es rápida. El “toqueteo” durará poco–dijo esto último sonriendo.

Felipe se sentó calmadamente, pero sin dejar de mirar hacia todos lados. El médico acercó el estetoscopio a su pecho. Notó que la cara del médico cambiaba, añadiendo un tono de preocupación a sus gestos.

–¿Es grave, doctor?–sintió que el corazón se le pegaba a la garganta–Pensé que era algo de la cabeza ¿Es el corazón? ¿Me estoy muriendo?

–Nada de eso, no se preocupe –trató de calmarlo.

Pero él no se conformó. Comenzó a agitarse; la respiración se le aceleró, sus ropas y cara comenzaron a empaparse de sudor; transpiraba pánico por todas partes.

–Cálmese, por favor. A ver, inspire por la nariz, tome aire con mucha fuerza hasta hinchar sus pulmones y expúlselo por la boca–continuaba calmándolo–póngase las manos en las costillas y continúe tomando y botando el aire; a ver, conmigo–el médico hacía los mismos movimientos. Él trataba de seguir el ritmo, pero la respiración era entrecortada y las bocanada de aire se quedaban en pequeños sorbos sin vida–Uno, dos, tres–continuaba el doctor.

En ese momento sintió que los latidos se detuvieron y el ambiente se llenó de un silencio ensordecedor; como una desquiciante nada; veía al médico mover la boca, pero no oía sus palabras, ni ningún otro sonido. Toda la habitación se transformó ante sus ojos. Las paredes se deformaban hacia afuera y hacia adentro, el techo se acercaba a su cabeza, el piso de hundía y todos los muebles rodaban alocadamente de un lado a otro. Los demás objetos se movían y deformaban también; algunos aparecían y desaparecían constantemente.

Miro al médico, su cara ahora parecía derretirse, como uno de esos relojes extraños de los cuadros de Dalí. Su cuerpo, casi extinto, delgado como una vara de pescar, se torcía extrañamente hacia los lados y de él salían unas manitas que parecían patitas de cucaracha. Todo comenzó a volar a manera de tornado. En el piso, justo frente a él, se abrió un agujero negro semejante a un portal y todos los objetos fueron atraídos por una fuerza succionadora que desprendía aquel extraño orificio. La habitación se convirtió en una nada totalmente oscura, solo desequilibrada por una enorme luz que comenzó a surgir del hoyo negro. Era una luz cálida y exquisita, que lo llamaba mediante estímulos desconocidos; no era una voz o una imagen, sino un algo que lo atraía hacia ese lugar. Se paró en el borde de la solución de continuidad.

–Señor Felipe, ¿me oye?–la voz del médico le llegaba desde un paraje lejano, como cuando estás a punto de despertar de un sueño profundo y oyes el sonido ambiental que te hala como un susurro bajito, irreal, indefinido–¡¿Qué hace?!–gritó el médico.

La secretaria entró al oír el grito del doctor.

–¡Oh, por Dios!, otro–dijo algo angustiada –Hacía mucho que no teníamos un caso como este.

El doctor Ramírez estaba apoyado en la ventana, mirando hacia la lejana acera.

–Fue mi culpa, no pude identificar los signos a tiempo ¡Solo había visto un delirio como este en mi primer año de residencia médica!–dijo el doctor con cara de decepción.

–No se culpe Doc, demasiados casos raros tenemos aquí cada día. Por suerte no hemos quitado la malla cibernética amortiguadora–dijo la secretaria mientras le pasaba una mano por el hombro–solo ha caído en un enorme colchón.

–Lo sé; pero ahora la terapia será más lenta. Sabes que una vez que descubren que es lo que les faltaba, real o no, no hay quien los haga poner los pies en la realidad ¿Quién lo convence ahora de que no es realmente un ángel?

En la malla cibernética, Felipe miraba al infinito cielo, con una gran sonrisa en el rostro; la sensación de vacío había desaparecido. Mientras algunos enfermeros se acercaban a rescatarlo, él disfrutaba el momento, moviendo sus brazos arriba y abajo, mientras sus alas le agradecían la libertad.

📷 Pixabay

#MismoInicioDiferenteFinal

Ejercicio de escritura creativa desarrollado por @MaruBV13 y @AliciaAdam16.

Observaciones:

  • Intro en cursiva propuesta por @MaruBV13.
  • Título del texto: Un caso poco común.
  • Extensión: Alrededor de 1,500 palabras.
  • Comenzamos con el mismo inicio y cada autor o autora le da un final distinto.

Puedes leer los relatos de las promotoras 👇

2 comentarios sobre “Un caso poco común

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